NUESTRO MEXICO BRONCO

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Javier Orozco Alvarado
No cabe duda que México sigue siendo un país que raya en la barbarie; un país en el que, como decía el cantante José Alfredo Jiménez, “la vida no vale nada”. Y es que para nuestro país, dar el salto del México antiguo a la sociedad moderna y “global izada” falta todavía no menos de medio siglo o más. Pues mientras sigamos sumidos en la ignorancia, en la pobreza, en el autoritarismo y en la antidemocracia, seguiremos viviendo en el México bronco, en el que las diferencias, los intereses y los desacuerdos se resuelven con traiciones, por la fuerza o, a balazos.
De hecho, según los datos presentados recientemente por el INEGI, en lo que va de este sexenio se han perpetrado 62 mil 926 homicidios en el país; un poco más de la mitad, respecto a los 121 mil que se registraron en el sexenio de Felipe Calderón, o lo que es lo mismo, una muerte cada 30 minutos, según lo reveló la PGR.
Pero a la sociedad mexicana este fenómeno pareciera no importarle, pues estamos histórica y culturalmente acostumbrados a ver pasar la muerte como si fuéramos ajenos a la película de la cual somos nosotros mismos los principales protagonistas. Ni vemos, ni oímos, ni entendemos que nuestro país es en todo el continente en el que se cometen más asesinatos políticos; que, inclusive, estamos por arriba de Colombia, en donde en la última década fueron asesinados 37 alcaldes, contra 79 en México.
Simplemente, para no ir tan lejos, los últimos registros en nuestro país dan cuenta de más de una docena de alcaldes asesinados en lo que va de este sexenio. Las razones van desde conflictos por el poder, por vínculos con el narcotráfico o por desacuerdos comunitarios, como ha sucedido recientemente en los estados de Michoacán y Chiapas.
Aunque el gobierno muestra su consternación de cara a los dos alcaldes recientemente asesinados en esas dos entidades, se entiende que el oficio de político en México es una tarea que entraña grandes riesgos personales, familiares y colectivos; máxime en un país donde existe una enorme tradición de traiciones, magnicidios y asesinatos políticos.  Así lo muestra nuestra historia: Madero en 1913; Zapata en 1919; Carranza en 1920; Villa en 1923; Obregón en 1928; Colosio y Ruiz Massieu en 1994 y sígale contando.
Desafortunadamente no nos queremos dar cuenta que desde hace diez años se ha instalado en nuestro país la cultura del genocidio, en donde se ha vuelto un lugar común encontrar fosas clandestinas con montones de muertos y desaparecidos, decenas de cuerpos mutilados y asesinatos masivos; en donde algunos estados destacan por ocupar los primeros lugares  en homicidios y en los que la gente ni siquiera se inmuta.
Relacionados o no con el crimen organizado, los estados en los que se cometieron más homicidios en 2015 fueron, en orden de importancia, el Estado de México, Guerrero, Chihuahua, Jalisco y Sinaloa.
Particularmente, en Jalisco, han sido asesinados más de 60 políticos y funcionarios públicos en lo que va de este sexenio; unos por el crimen organizado, otros por negocios turbios y no sabemos cuántos otros por intereses partidistas o rivalidades entre grupos políticos de la entidad. Lo cierto es que se calcula que alrededor de 56% de estos crímenes se ha perpetrado en el Área Metropolitana de Guadalajara.
Por eso ahora empiezo a entender que el tan llevado y traído cambio generacional en nuestro país es el de poner al frente de las instituciones a gente que por su juventud valora más el éxito que el riesgo, la ambición que el amor a la nación y la aventura más que una vida segura.
La realidad es que en nuestro México bronco la política y el oficio de político se encaminan a conseguir en el menor tiempo posible la riqueza que asegure de un solo golpe el futuro económico personal o familiar; tal y como en su corto ciclo de vida activa han de hacerlo los sicarios, los narcotraficantes, los futbolista o las sexoservidoras.
En fin, creo que a nuestros políticos se les ha olvidado que votamos por ellos para que administraran el patrimonio nacional, no para que se enriquecieran con su manejo discrecional; no para que se apropiaran personalmente del Estado para el logro de sus fines personales o para que ejercieran contra los ciudadanos esta preocupante ola de violencia y sigan manteniendo en la barbarie a esta gran nación.
Julio 28 de 2016