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La Mujer de plástico en Puerto Vallarta

Por Jhovanee Monge
Nadie sabe exactamente cuándo llegó , ni de dónde viene este personaje ya es parte de paisaje urbano de Puerto Vallarta.
Como ocurre con los personajes que terminan perteneciendo a una ciudad más que a sí mismos, su historia parece haber estado siempre ahí, flotando entre el rumor y la memoria colectiva, como una fotografía vieja que nadie recuerda haber tomado.
Cada mañana, bajo el sol abrasador de Puerto Vallarta, aparece caminando entre el ruido de los camiones, el bullicio de los turistas y la prisa de quienes todavía creen que llegarán a tiempo a alguna parte.
Ella no corre.
Nunca corre.
Avanza despacio, como si habitara otro tiempo.
Sobre su cuerpo carga decenas de bolsas negras. Las lleva encima como una armadura, como un vestido diseñado para sobrevivir al mundo. Para muchos son simples trozos de plástico. Para ella parecen ser algo mucho más importante: una frontera invisible entre el exterior y un universo que sólo ella conoce.
Bajo el calor húmedo que obliga a cualquiera a buscar sombra, ella continúa caminando.
No se rinde.
No abandona sus bolsas.
Jamás.
A veces resulta inevitable preguntarse qué guarda realmente ahí dentro.
Tal vez objetos sin valor.
Tal vez recuerdos.
Tal vez una vida entera.
Quizá las bolsas no contienen cosas, sino ausencias.
Porque existen dolores tan profundos que terminan convirtiéndose en equipaje.
Y hay personas que aprenden a cargarlos para no olvidar quiénes fueron.
Su rostro, cubierto de maquillaje blanco y labios cuidadosamente delineados, provoca una extraña sensación. No parece el maquillaje de quien desea llamar la atención. Parece más bien una máscara. Una puerta cerrada. Un muro delicado levantado para impedir que el mundo vea demasiado.
Detrás de los lentes oscuros nadie sabe qué observa.
Quizá nada.
Quizá todo.
Los vallartenses la conocen desde hace años. Algunos la saludan. Otros simplemente la observan pasar. Los comerciantes hablan de ella con respeto. Los meseros cuentan que paga su comida y deja propina. Los choferes saben dónde suele sentarse.
Y sin embargo, nadie puede asegurar que realmente la conoce.
Las leyendas nacieron para llenar ese vacío.
Que fue profesionista.
Que tuvo una familia.
Que perdió a alguien.
Que alguna vez vivió una vida completamente distinta.
Historias que se cuentan en voz baja y que tal vez son ciertas o tal vez no.
Porque el misterio necesita muy poco para crecer.
Lo único real es la mujer que sigue ahí.
La que camina entre las avenidas sin pedir permiso.
La que rechaza los intentos de rescate porque quizá nadie puede rescatar a quien no se siente perdido.
La que convirtió las bolsas en vestido, refugio y territorio.
La que parece haber encontrado una forma distinta de habitar el mundo.
Mientras Puerto Vallarta cambia, se moderniza y se transforma frente al mar, ella permanece.
Como un símbolo imposible de clasificar.
Como un recordatorio incómodo de que existen historias que nunca conoceremos por completo.
Y tal vez por eso sigue fascinándonos.
Porque en una época donde todos cuentan demasiado sobre sí mismos, ella eligió guardar el secreto…. Y caminar junto a él.



