LA CULTURA DE LA DISCRIMINACIÓN

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Javier Orozco Alvarado
 
Hoy estamos viviendo en todo el mundo en una economía que se caracteriza por la enorme concentración de la riqueza, por la falta de empleo para la inmensa mayoría de la gente, por el creciente número de pobres en pobreza extrema y por el trato inequitativo de los derechos humanos en todos los ámbitos de la vida social; podríamos decir que vivimos en la era de los retrocesos.  Sobre todo, porque muchos de aquellos problemas que se habían superado relativamente a finales de los años de mil novecientos setenta han vuelto a aparecer bajo otras modalidades o con otras intensidades.
 
Simplemente, no deja de sorprender que en los Estados  Unidos, un país en donde aparentemente el racismo había desaparecido,  el abuso en contra de indocumentados  y gente de color por parte de la policía siga creciendo, a pesar de tener un presidente de origen afroamericano.  Pero la discriminación y el abuso en contra de la gente indefensa no es privativo de ningún país en particular, porque en todos, pobres o ricos, los gobiernos han tolerado o hasta han promovido la discriminación o la exclusión de  distintos grupos  en muchos ámbito de  la economía y la sociedad.
 
La ignorancia, la arrogancia y la soberbia de quienes gobiernan o dirigen el poder han venido a propiciar una nueva cultura de la discriminación, del abuso y la explotación.  Pues en su afán de abaratar los costos y aumentar las ganancias las empresas discriminan y desechan a los trabajadores que llegan a la edad de cuarenta años, para incorporar al ejército de jóvenes desempleados que habrán de contratarse como ayudantes o  asalariados con sueldos miserables por ser su primer empleo.
 
Y que decir de la nueva cultura  del sistema político partidista de promover candidatos jóvenes y apariencia novelesca para cautivar el voto de mujeres o el de la gente pobre, cuyos patrones culturales no va más allá de la enseñanza que reciben de  las  clásicas telenovelas del día con día.
 
Pero no sólo las empresas, los gobiernos  o los partidos se han encargado de promover esa nueva cultura de la exclusión, sino también las universidades y los centros educativos, quienes  han incorporado a los sistemas de enseñanza el servicio de práctica profesional, que pone a disposición de las empresas privadas un ejército de mano de obra barata semi cualificada para ser empleada y explotada a bajo o nulo costo por parte de estas empresas.
 
Ahora vivimos en sociedades en donde no sólo se ejerce la violencia intrafamiliar, la violencia contra las mujeres, los niños y los ancianos; vivimos en un mundo en el que ser  indocumentado o ser de otra raza es un delito que se paga con la muerte.  Hoy en día no sólo se comenten abusos por parte de los gobiernos contra la población, sino de las empresas contra los trabajadores y de las universidades contra sus estudiantes.
 
Aunque en nuestro sistema político las leyes electorales han resuelto imponer la obligación a los partidos para que en los cargos de representación se integren  cincuenta por ciento hombres y cincuenta por ciento mujeres; ello no resuelve las inequidades, pues debería agregarse también que la mitad sean jóvenes y la mitad gente madura con experiencia, que la mitad sean gente preparada y la mitad sin preparación, que la mitad sean gente honesta y la mitad gente corrupta.  Porque, a decir verdad, siempre predomina la parte negativa.
 
La realidad es que  las desigualdades no se resuelven  con  cuotas, sino con honestidad, con justicia y con objetividad. Excluir a la gente  sólo porque son  viejos o  rebasaron una edad bilógica denota la mayor estupidez e ignorancia que puede existir en la humanidad, porque la vejez es la edad de la experiencia y la sabiduría y un día todos tendremos que llegar a ella, por más jóvenes que hoy seamos; a menos que el destino o nuestra estupidez nos impida llegar a esa inevitable etapa de la vida.
 
Jueves 30 de abril de 2015