LA CUMBRE DE LÍDERES

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Javier Orozco Alvarado
E-Mail: orozcoalvaradoj@yahoo.com.mx
Doctor en Economía Internacional y Desarrollo Económico.
Ex Rector del CUCOSTA. Vice-presidente de Estudios para el
Desarrollo de la Costa Norte de la Fundación  Colosio, Jalisco.
Hace veinte años entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte  (TLCAN) y seguimos sin ver los resultados de la tierra prometida.   Cuando iniciaron las negociaciones para nuestro ingreso al club de ricos, se decía que México mejoraría sustancialmente sus niveles de competitividad, que incrementarían significativamente sus volúmenes de exportaciones, que habría más empleos y mejores salarios, que habría más inversión extranjera  y créditos más baratos, que mejorarían las condiciones de vida de todos los mexicanos, etc. etc.
Hoy, a pesar de que tenemos un país prácticamente en quiebra, en esta VII Cumbre de Líderes de América del Norte, no fueron incluidos temas que deberían ser de nuestro particular interés, como los relacionados con el fenómeno migratorio, el desempleo crónico, la pobreza extrema y  la inseguridad que domina a todo el territorio mexicano.
Si bien es importante abordar problemas como el  cambio climático o dar seguimiento a los avances de la Alianza del Pacífico, era más importante revisar y evaluar los resultados del TLCAN en materia de seguridad, crecimiento económico y desarrollo social; pues muchos de los grandes problemas que nos aquejan actualmente a los mexicanos son consecuencia de los malos resultados de una acuerdo trilateral extremadamente desventajoso para México.
Si bien es cierto que el TLCAN ha significado una mayor afluencia e instalación de empresas y maquiladoras norteamericanas en nuestro territorio, la realidad es que estos negocios han prosperado a costa del sufrimiento y empobrecimiento de muchos mexicanos del campo y de la ciudad.  Simplemente, si comparamos los recientemente aprobados salarios mínimos en México y Estados Unidos, podemos observar que mientras en nuestro país el salario es de 67.00 pesos por día, en nuestro país vecino el salario aprobado fue de más de 10.00 dólares por hora; lo que significa un enorme abatimiento de costos salariales para las transnacionales norteamericanas establecidas en nuestro país.
Sin afán de exagerar, esta comparación, es extremadamente insultante, pues esas mismas empresas, pagan en nuestro territorio 0.67 centavos de dólar la hora, lo que les significa utilidades estratosféricas comparado con lo que tendrían que pagar a un trabajador en los Estados Unidos.
Desde el inicio de las negociaciones en 1989, muchos economistas mexicanos  nos pronunciábamos por que se hiciera una seria revisión de los términos del Tratado, sobre todo porque las diferencias de las estructuras productivas de los países miembros (México-EE:UU y Canadá) eran abismales. La baja competitividad del campo mexicano, el atraso tecnológico de nuestra industria, el rezago educativo y la precariedad de nuestra infraestructura productiva y de servicios auguraba un desastre total en el largo plazo.
Por esa misma época, países como España, Grecia, Portugal y otros, que se fueron incorporando a la Comunidad Económica Europea,  exigieron la creación de un Fondo Estructural, para compensar las asimetrías en sus estructuras productivas, así como un Fondo de Cohesión Social para igualar los niveles de ingreso medio para buscar la convergencia en materia de igualdad en las condiciones de vida.  En sí, la existencia de estos fondos permitió a los países miembros atender la pérdida de empleo o empobrecimiento por los cambios estructurales que se generarían en el mediano y largo plazos.  Y a pesar de todo ello, aun no logran recuperarse de la crisis en que entraron en los años recientes.
El error de los gobiernos mexicanos en turno ha sido, no sólo el no haber negociado estos fondos desde el inicio, sino el no exigir una revisión de los términos del Tratado para evaluar las áreas o los sectores productivos que se han visto seriamente afectados por falta de madures o problemas de mercado. Sobre todo, porque inicialmente se había contemplado impulsar fundamentalmente el comercio intersectorial  entre esta economías y, a final de cuentas, se dio prioridad o se favoreció el dominio del comercio intra firma; dejando fuera aquellos sectores tradicionales como la agricultura, la ganadería y la industria manufacturera, en favor de la industria maquiladora electrónica y automotriz.
En general, es necesario hacer una seria revisión del Tratado trilateral para sopesar si éste ha favorecido en condiciones similares el desarrollo de los tres países; si han mejorado los niveles de empleo, de ingresos y de bienestar en ambas economías;  o si, simplemente, nos hemos incorporado como socios perdedores, proveedores o estratégicos en la geopolítica del país más poderoso del mundo. Especialmente si tomamos en cuenta que el TLCAN ha significado para la economía mexicana un fuerte cambio en el sistema de cultivos (alimentos por drogas), cambios en la estructura industrial (manufactura por maquiladora) y un lamentable deterioro social (migración, desempleo, pobreza y delincuencia).