Israel, Palestina y los niveles de Conciencia.

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santiago
Por Santiago Roel // creador el Semáforo delictivo
Todos los corazones están hechos para amar. Amar significa entre otras cosas integrarse con uno mismo, con los demás y con lo demás. Con todo y con todos.
Desafortunadamente, el amor natural que debe fluir desde y para el corazón se obstaculiza con muros emocionales. Cada nivel de conciencia tiene un muro predominante. En la vergüenza, el nivel más bajo de conciencia, el corazón no puede recibir ni dar amor por la culpa pública. Me avergüenza dar amor y recibirlo, yo soy culpable y merezco un castigo público.
El siguiente nivel es la culpa (lo mismo pero privada); luego la apatía en donde ya no siento culpa pero siento que todo es en vano; luego el sufrimiento, que me vuelve empático pero me impide recibir amor y darlo porque todo me duele y soy víctima de todo.
Más arriba viene el temor en donde me dedico a defenderme y a buscar excusas para atacar. Muchos dictadores y hombres de negocio exitosos están ahí.
Luego viene el deseo, en donde sólo me preocupo por alcanzar cosas a costa de cualquiera y de mí mismo. La publicidad y gran parte de la sociedad se encuentra en este nivel de conciencia. En ese nivel soy «wannabe» y me dedico a buscar afuera lo que siento que carezco por dentro. No importa que sea multimillonario, siempre me comparo y siempre salgo perdiendo.
Por encima del deseo está la ira, porque al no conseguir lo que deseo, me enojo. Es mejor nivel de conciencia porque estoy más cerca de la verdad en la ira que en el deseo. Finalmente, sigue el orgullo. Me dedico a buscar aplausos. Muchos políticos y famosos se ubican ahí. Presumo lo que soy o he obtenido para que a través del espejo de los demás no me sienta tan solo.
Esos son los niveles de conciencia que se dedican a proteger al ego, que mienten a otros y a sí mismos, que son incapaces de dar salvo para encontrar algo a cambio y cuyo corazón no recibe ni da amor por las barreras que su nivel de conciencia le imponen.
Luego sigue la valentía. Y aquí es donde empiezo a atreverme a dar y recibir amor. Más arriba la voluntad, en donde definitivamente he aprendido a seguir mi propio camino, ya no dependo de la opinión de los demás pues encuentro seguridad en el Ser y no en andar defendiendo al ego, me vuelvo caritativo porque me sobra energía. El corazón energiza y en la medida que el amor fluye la energía se incrementa.
Luego viene un nivel poco común pero sumamente liberador: la aceptación. En ella me acepto y acepto a los demás y eso derriba muchísimos muros del corazón que me mantienen en la enfermedad.
Más arriba la razón, porque ya mi verdad no es importante, lo que busco es la verdad. Los grandes científicos se ubican allí.
Y finalmente llegamos al Amor, así, con mayúsculas donde el corazón muestra toda su sabiduría y más importante que la verdad, es mi integración a los demás. Un poco más arriba se ubica el Amor Incondicional, es un grado, pero muy relevante porque logro dar amor a mis enemigos. A veces con distancia, a veces con mucha distancia, pero los amo.
¿Qué se ubica por encima del Amor? La paz. Muy pocos humanos logran este nivel. Ghandi lo tenía y con ese nivel de conciencia pudo «derrotar» a un «enemigo» imperialista que se ubicaba en el orgullo, y pudo integrar a Musulmanes, Parsis, Jainistas, Hindúes y demás facciones de la India. Tan pocos humanos logran este nivel que actualmente sólo hay 6 seres humanos con ese nivel.
Arriba de la Paz se ubica la Iluminación. Nivel de los grandes maestros, que no de las religiones ni de las doctrinas que luego se crean.
Bien. ¿En donde se ubican – en promedio-actualmente los pueblos de Israel y de Palestina, y sus líderes? En el temor. Y como lo hemos dicho anteriormente, es imposible resolver un conflicto desde el nivel de conciencia que lo creó. Ambos pueblos tendrían que elevar su nivel de conciencia para resolver el conflicto.
El temor, como cualquier otro nivel de conciencia tiene su propia lógica, su multiplicidad de argumentos y su justificación. El temor tiene, digamos, su propia verdad. Esa verdad puede incluso ser, y suele ser, totalmente «lógica», pero es parcial, es unilateral y está diseñada para aniquilar al otro.
Sin embargo, por debajo de todo eso sigue un corazón que está hecho para amar y aun con la «victoria» y la aniquilación del contrario el corazón se incomoda y sufre porque no sólo no ha logrado la paz para el otro, tampoco la ha logrado para sí mismo. No hay paz, no puede haber paz, si mi verdad me separa de los demás y me separa de mi propia capacidad de amar. Si hoy los israelíes o los palestinos aniquilaran al otro no vivirían en paz. Y eso es algo que aunque la mente y los argumentos lo nieguen, el corazón lo sabe. Pero como se ubica en el temor, sigue justificando su nivel de conciencia y su agresión.
¿Cómo cambiar esa realidad? ¿Cómo subir el nivel de conciencia de ambos pueblos? ¿Cómo quitar filtros para que el corazón de ambos se toque, se conecte y se integre?
Un líder como Ghandi o Mandela pueden hacerlo. Pero mientras surge y quizá pasen muchos años antes de que esto suceda, pueden haber otros actores. Otros que aunque no tengan tal nivel de conciencia hagan un ejercicio de perdón mutuo, de reconocimiento a las víctimas de ambos lados y a los victimarios porque todos deben integrarse y hay que reconocer a todos, vivos y muertos. Los niños están más abiertos a esos procesos pero también hay madres, padres, abuelos, artistas, músicos, filósofos y líderes espirituales que pueden contribuir.
¿Cómo saber que el corazón y no el ego es el que habla? El corazón conmueve y siempre que se entra en contacto con él fluye una energía especial que nos hace llorar. El día que podamos llorar en lugar de argumentar, el día que de ambas partes se compartan las lágrimas y no las municiones, ese día los Palestinos y los Israelíes se integrarán en la paz, en la paz de unos con otros y en la paz consigo mismos.
No se requiere mucho, no se requiere nada, se requiere que dejemos hablar al corazón.