LAS GRANDES DECISIONES NACIONALES

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DR. JAVIER OROZCO ALVARADO

 En la vida, tomar decisiones no es una tarea fácil; por ello muchas veces preferimos no hacer nada para no equivocarnos, para no incomodar o para no correr el riesgo de fracasar en el intento.  Por eso, en política, los tiempos para tomar decisiones son fundamentales.  La crítica siempre estará presente, tanto porque hacemos como porque no hacemos; si hacemos para unos, dejaremos de hacer algo para otros. Mantener el equilibrio en la toma de decisiones requiere de una precisión casi matemática, aunque en política nada está escrito ni nada es seguro.

En nuestra historia reciente tenemos muchos ejemplos de cómo algunas decisiones nos pueden conducir al éxito o al fracaso, de cómo otras decisiones nos lleva a la inmovilización, al estancamiento o al enjuiciamiento.
Sin ir tan lejos, para ilustrar el resultado de una buena o una mala decisión, podemos citar los cambios que impulsó Carlos Salinas de Gortari; quien, para muchos, equivocadamente tomó la decisión de impulsar importantes reformas a la Ley de Reforma Agraria y a la Ley de Comercio Exterior, para promover la modernización del campo, el comercio internacional y la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte. De estas reformas, muchos productores se han beneficiado y otros, seguramente, han salido perjudicados. Pero la realidad es que estos cambios permitieron al país su adaptación a los nuevos escenarios económicos  internacionales; un escenario en el que se estaban constituyendo los grandes bloques de comercio como estrategia para mejorar la competitividad de las naciones y su permanencia en los mercados mundiales. ¿Buena decisión, mala decisión?. La historia económica será quien juzgue.
También, tomar decisiones de con quién  si estar  o con quién no estar, tiene sus consecuencias. Es el caso de Andrés Manuel López Obrador, quien en su campaña para las elecciones del 2006 le apostó todo su capital al voto de los pobres, desdeñando a la clase media, a las universidades, a los intelectuales o los propios empresarios. Se decía ser el candidato de los pobres; pero olvidó que en este país no sólo hay pobres, también hay una inmensa clase media y unos cuantos ricos, que también inclinan la balanza electoral. La realidad es que perdió la elección por unos cuantos votos, por fracciones y por soberbia.
Y qué podemos decir de “los gobiernos del cambio” de Fox y Calderón, que no impulsaron ningún cambio y que en dos sexenios dejaron al país en la quiebra, con un abultado endeudamiento público, inmerso en la violencia, en el estancamiento económico, en el desempleo, en el desánimo y en la desesperanza.  A ellos también la historia habrá de ponerlos en su lugar, como los peores presidentes que ha tenido este país.
Como economista, entiendo que la economía es dinámica, que requiere  cambios, ajustes o proyecciones; que los modelos son dinámicos, porque su instrumentación es de larga duración. Por eso el modelo keynesiano, de crecimiento hacia adentro, que dio tan buenos resultados cerca de cincuenta años, fue reemplazado con cambios graduales hasta llegar a la instrumentación de un nuevo modelo, conocido ahora como modelo exportador o de crecimiento hacia afuera; en la academia, mejor conocido como modelo neoliberal.
La realidad es que en este país no había habido cambios, ajustes o modificaciones en el andamiaje económico, político y social.  Nos quejábamos de la mala educación, del atraso científico y tecnológico, del estancamiento económico, de la caída en las exportaciones,  del desempleo, de los monopolios, de lo caro de los servicios, de la falta de inversión, etc. etc.
Nos llegamos a quejar de que los gobiernos panistas no hicieron nada, que tenían al país inmovilizado; por eso la gente no voto por ellos.  Ahora nos quejamos de las reformas de Peña Nieto; que no se discutieron, que sólo favorecerán a unos cuantos, que se está entregando al país a los extranjeros, es decir, todo lo que se nos ocurra.
Es verdad que a nadie nos gustan los cambios, ni tomar decisiones si nos implican un riesgo; pero finalmente tendremos que decidir si nos movemos o nos quedamos inmóviles. Mejor aprovechemos los cambios, saquemos ventaja de ellos, exijamos que se cumplan las leyes, las reformas;  cumplamos también nosotros y rompamos con esas inercias que tienen dominado al país desde hace casi dos décadas.