MARTÍN MONTENEGRO: LA LIBERTAD DE HACER DE LA MÚSICA UNA FORMA DE VIDA
Hay músicos que construyen una carrera siguiendo el mapa de la industria. Y hay otros que prefieren dibujar su propio territorio.
Martín Montenegro pertenece a esa segunda estirpe.
Su historia con la música no comenzó en un conservatorio ni frente a un instrumento profesional. Comenzó en la infancia, frente a un pequeño piano de juguete en un departamento de la Ciudad de México. Tenía entre cuatro y seis años cuando descubrió que aquellas pocas teclas podían convertirse en una puerta hacia un universo que todavía no sabía nombrar.
Sin conocimientos musicales, buscaba de oído las melodías que escuchaba. Una de ellas fue la Novena Sinfonía de Beethoven. El pequeño piano, sin embargo, tenía un límite físico: se quedaba sin teclas antes de que terminara la melodía.
Lo que entonces parecía una frustración infantil terminaría convirtiéndose, con el paso de las décadas, en una metáfora de su propia trayectoria: siempre había una música más allá de los límites conocidos.
Desde muy pequeño experimentaba intuitivamente con los sonidos. Tocaba dos notas al mismo tiempo, descubría cuáles combinaciones le resultaban armónicas y cuáles le provocaban tensión, inventaba melodías y las adornaba sin saber todavía que aquello que hacía de manera instintiva algún día tendría nombres como consonancia, disonancia, intervalos o apoyaturas.
La vida, sin embargo, tomó otros caminos.
Durante la adolescencia llegaron la guitarra, las primeras agrupaciones informales y el canto. Más tarde, las responsabilidades familiares hicieron que la música permaneciera durante años en un segundo plano. Pero algunas vocaciones no desaparecen: esperan.
Alrededor de los 29 años, Montenegro decidió regresar seriamente a la música. Estudió en el Conservatorio y comenzó a tocar en un trío de jazz, donde encontró un lenguaje que parecía hecho para su inquietud creativa.
Entonces apareció el saxofón.
Y con él, una revelación.
EL SAXOFÓN COMO EXTENSIÓN DE LA VOZ
Su acercamiento al saxofón ocurrió de la mano de Eduardo “El Tico” Valdez. Lo que comenzó como aprendizaje rápidamente se convirtió en una necesidad expresiva.
Montenegro había descubierto que en el piano las notas comienzan inevitablemente a desaparecer. El saxofón, en cambio, le permitía prolongarlas, respirar dentro de ellas, cambiar su intensidad y llevar una frase hasta donde su imaginación quisiera.
“Sentía como que el saxofón era una extensión de mi alma.”
La frase resume una relación que va mucho más allá de la técnica.
El saxofón se convirtió en su voz instrumental y el jazz, en uno de los territorios donde esa voz encontró mayor libertad.
Lo curioso es que su debut frente al público ocurrió prácticamente sin preparación. Después de apenas una semana estudiando el instrumento, llegó a un establecimiento de unos amigos con el saxofón. Cuando anunció que sería él quien tocaría, la reacción fue de incredulidad.
“Pero si tú no tocas saxofón.”
Subió al escenario.
Y tocó.
Aquella experiencia abrió una nueva etapa. Poco después comenzó a trabajar con agrupaciones y recibió sus primeros pagos como músico. Le parecía incluso extraño que alguien pudiera pagarle por algo que le producía semejante placer.
La música había dejado de ser una inquietud privada para convertirse en una forma de vida.
PUERTO VALLARTA: EL LUGAR DONDE ENCONTRÓ SU ESCENARIO
La geografía también forma parte de la biografía de un artista.
Después de una etapa en Rosarito y de considerar incluso trasladarse a Los Ángeles, Montenegro decidió viajar por México antes de tomar una decisión definitiva.
Llegó a Puerto Vallarta.
Y se quedó.
En aquel entonces, el destino tenía una escena musical particularmente fértil. En el Roxy, club propiedad del guitarrista Pico Pardo, músicos de diferentes procedencias coincidían en un ambiente cercano al espíritu de un colectivo artístico. Guitarristas, bajistas, bateristas, cantantes, saxofonistas y trompetistas compartían escenario, intercambiaban ideas y, sobre todo, improvisaban.
Montenegro encontró ahí algo que sería fundamental para su desarrollo: comunidad.
Puerto Vallarta no sólo se convirtió en su residencia. Se transformó en parte de su identidad artística.
Más tarde comenzó a colaborar con Cuates y Cuetes, en Playa Los Muertos, donde desarrolló una intensa actividad musical. De aquellas experiencias surgieron presentaciones, encuentros y proyectos que contribuyeron a fortalecer una escena jazzística local.
Entre ellos destacó el Festival de Jazz de Primavera, concebido como una celebración de la música en un escenario tan natural como excepcional: la playa.
Durante años, Montenegro hizo del escenario un espacio de encuentro. En algunas de sus formaciones, la combinación de saxofón, piano y batería podía sostener largas sesiones en las que la improvisación era tan importante como la partitura.
El público respondía.
Y respondía de una manera visceral.
La música podía provocar emoción, nostalgia, entusiasmo y, en ocasiones, una conexión tan intensa que el propio escenario parecía desaparecer.
Ahí comenzó a consolidarse también el sello de su saxofón: un sonido cálido, melódico y profundamente expresivo.
DEL INTÉRPRETE AL PRODUCTOR
La evolución de un músico no siempre ocurre sobre un escenario.
Para Montenegro, una nueva revolución llegó a comienzos de los años 2000, cuando incorporó la computadora a su proceso creativo.
El descubrimiento de herramientas de grabación y producción abrió un territorio completamente nuevo.
Aprendió experimentando.
Grababa. Escuchaba. Editaba. Mezclaba. Volvía a empezar.
Así nació El Último Adiós, producción de 2001 que reunió piezas de diferentes procedencias y estilos, desde boleros y canciones románticas hasta repertorio internacional y jazz.
Aquel proyecto representó algo más importante que un disco: significó el nacimiento de una nueva faceta.
Montenegro comenzó a asumir simultáneamente los papeles de intérprete, arreglista y productor.
Después llegarían otras producciones, entre ellas Test 1, centrada principalmente en standards y repertorio jazzístico, y Pensando en ti, una aproximación al bolero.
La tecnología no sustituyó su sensibilidad musical. La amplificó.
Le permitió experimentar con arreglos, instrumentos, voces, secuencias y texturas, y descubrir que la producción podía convertirse también en una forma de composición.
EL JAZZ COMO TERRITORIO DE ENCUENTROS
Una carrera construida desde la independencia puede tener una particularidad: los encuentros adquieren un valor extraordinario.
A lo largo de los años, Montenegro ha compartido escenarios y experiencias con músicos de diferentes generaciones y procedencias.
Entre esos encuentros destaca Luis Gasca, trompetista de trayectoria internacional, con quien coincidió primero de manera casi accidental y posteriormente volvió a encontrarse en Puerto Vallarta.
También está Tom Coster, compositor y tecladista asociado a la historia musical de Santana. Una invitación para interpretar “Europa” terminó convirtiéndose en uno de esos momentos en los que la improvisación transforma el escenario.
En París ocurrió otra de esas historias que parecen pertenecer a la mitología del jazz.
Durante una presentación en Le Baiser Salé, uno de los reconocidos clubes de jazz de la capital francesa, apareció el baterista Dave Weckl y pidió incorporarse a la sesión.
No había un plan.
No había una producción previamente diseñada.
Simplemente había músicos encontrándose en el lenguaje que conocen mejor: el de la improvisación.
También hubo encuentros con figuras fundamentales del jazz mexicano, como Eugenio Toussaint, y experiencias en seminarios y encuentros musicales que ampliaron su visión.
Son episodios que revelan algo esencial de Montenegro: su trayectoria no se ha construido únicamente a partir de discos o escenarios, sino de conversaciones musicales.
De esas conversaciones que ocurren cuando un músico escucha a otro y responde con una frase.
LA INDEPENDENCIA COMO DECISIÓN ARTÍSTICA
A lo largo del camino también aparecieron oportunidades que podrían haber conducido su carrera hacia una ruta mucho más convencional.
Montenegro recibió invitaciones para colaborar con artistas de gran reconocimiento, entre ellas Tania Libertad y Alejandro Fernández.
Las agradeció.
Pero decidió no tomarlas.
No porque rechazara sus propuestas o sus trayectorias, sino porque el papel tradicional del saxofonista acompañante no correspondía con su visión de la música.
Montenegro quería conducir la melodía.
Quería improvisar sobre ella.
Quería establecer una comunicación directa con el público.
No quería esperar el momento asignado para tocar.
Quería contar la historia completa.
En una industria acostumbrada a clasificar a los músicos, esa decisión tuvo un precio: mantenerse independiente significa renunciar, muchas veces, a caminos de mayor exposición.
Pero también significa conservar algo mucho más difícil de recuperar una vez perdido: la libertad creativa.
CUANDO LA MÚSICA LLEVA SU NOMBRE
Montenegro ha compuesto durante prácticamente toda su vida.
Muchas de sus primeras ideas quedaron registradas en viejos cassettes y algunas se perdieron con el tiempo. Pero una composición marcó un punto de inflexión: Momentos.
Fue una de las primeras obras propias que decidió producir digitalmente, registrar y compartir públicamente.
La pieza nació de una imagen: una playa de madrugada, la brisa, el rumor de las olas y la intimidad de dos personas encontrándose.
No intentaba describir aquella escena.
Intentaba convertirla en sonido.
Después llegó Bésame al amanecer, con letra y música propias.
Entonces apareció otra dimensión del proceso creativo: la vulnerabilidad de mostrar una obra que ya no pertenece únicamente al mundo interior del artista.
Porque interpretar una canción ajena implica asumir una historia.
Componer una propia significa revelar una parte de uno mismo.
UN MÚSICO SIN FRONTERAS DE GÉNERO
Aunque el jazz ocupa un lugar central en su identidad como saxofonista, Montenegro nunca ha entendido la música desde fronteras rígidas.
Para él, los géneros pueden cambiar de forma.
La esencia permanece.
Su universo creativo puede transitar del jazz al bolero, de la canción romántica a sonidos inspirados en los años sesenta, setenta y ochenta, e incluso hacia otros territorios musicales.
Lo importante no es la etiqueta.
Es la emoción.
Esa libertad explica también su forma de trabajar. Componer puede ser relativamente rápido; lo verdaderamente fascinante aparece después, cuando comienza el proceso de vestir una canción.
Elegir instrumentos.
Construir arreglos.
Crear atmósferas.
Buscar texturas.
Encontrar el sonido adecuado.
Ahí aparece el productor que convive con el compositor y el intérprete.
EL PRESENTE: TODAS SUS VOCES EN UNA SOLA OBRA
Hoy, después de décadas de búsqueda, Martín Montenegro se encuentra frente a uno de los proyectos más personales de su trayectoria.
El nuevo material discográfico que prepara reúne varias dimensiones de su identidad artística.
Compositor.
Saxofonista.
Cantante.
Arreglista.
Productor.
El proyecto será integrado esencialmente por composiciones propias y explorará sonoridades que forman parte de su memoria musical: guitarra eléctrica, wah-wah, Clavinet, Rhodes y referencias tímbricas de distintas décadas, reinterpretadas desde una perspectiva contemporánea.
Pero quizá la novedad más significativa sea que esta vez el saxofonista también canta.
Y cuando aparece la voz, aparecen también las palabras.
El amor, las relaciones humanas y algunas inquietudes sociales contemporáneas forman parte de este nuevo universo creativo.
No se trata de convertir la música en discurso.
Se trata de utilizarla como una conversación.
Una conversación sobre aquello que nos une, aquello que nos duele y aquello que todavía nos permite imaginar un mundo más amable.
UNA VIDA DEDICADA A CREAR
Hay algo profundamente coherente en la historia de Martín Montenegro.
Aquel niño que se frustraba porque su piano de juguete no tenía suficientes teclas es hoy un músico que tiene a su disposición prácticamente un universo infinito de posibilidades sonoras.
El problema cambió.
Ya no faltan teclas.
Ahora sobran posibilidades.
Instrumentos, tecnología, sonidos, plugins, arreglos y composiciones abren caminos que parecen no terminar nunca.
Lo que permanece intacto es aquella necesidad inicial: transformar lo que ocurre dentro de él en música.
Quizá ahí reside la verdadera esencia de su trayectoria.
No en la fama.
No en las oportunidades que aceptó o rechazó.
No siquiera en los escenarios que ha pisado o en los grandes músicos con quienes ha compartido una sesión.
Sino en la libertad de seguir creando.
Martín Montenegro entiende la música como una forma de equilibrio: entre el caos y la belleza, entre la emoción y la técnica, entre la experiencia personal y aquello que puede compartirse con los demás.
Su aspiración no parece ser únicamente ser escuchado.
Es ofrecer algo.
Una melodía.
Una emoción.
Un instante de belleza.
Y quizá conseguir que alguien, en algún lugar del mundo, encuentre dentro de una de sus canciones algo que no sabía cómo decir.
Después de más de medio siglo desde aquel pequeño piano de Nativitas, la historia continúa.
Martín Montenegro está próximo a presentar su nuevo material discográfico, una obra en la que convergen las diferentes etapas de su vida musical y en la que el jazzista, compositor, saxofonista, cantante y productor se encuentran finalmente en un mismo territorio creativo.
Un nuevo capítulo está por comenzar.
Y esta vez, no hay teclas que le queden pequeñas.
Hay música suficiente para seguir explorando.
Todo un Vip Vallarta.




