Nacionalidad y Violencia

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Por Santiago Roel // Creador del Semáforo del delito
En mi adolescencia me fui a vivir a México y tuve la fortuna de entrar a una escuela donde cuando menos el 40% de mis compañeros eran judíos. Entendí que había muchos tipos de judíos. Los judíos ashkenazi o askenazi de Europa oriental o central, los sefardíes o sefaradíes, en algún tiempo españoles o portugueses aunque muchos luego emigraron a Turquía ante la expulsión de España, y los judíos árabes, llamados así porque venían de medio oriente. Hay más, hay judíos norteamericanos, franceses, alemanes, etc.
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Eran muy diferentes entre sí, tanto étnica como culturalmente pero los unía su religión (aunque no la ejercieran), su dolor histórico reciente y su orgullo en el Estado de Israel. Los separaba y a veces los enfrentaba entre sí, sus grandes diferencias culturales y a veces, económicas. En mi escuela no había judíos fundamentalistas o extremadamente religiosos, esos quizá estaban en escuelas propiamente judías de la Ciudad de México. Nosotros comíamos tacos al pastor y si alguna mamá judía me prejuciaba, no tenía empacho en cambiar mi apellido por Roelmann con tal de salir con su hija.Mis amigos y amigas eran judíos. Me identificaba sobretodo con los europeos porque mi madre era europea, además de ser sicoanalista. Mi papá había sido educado en un colegio europeo-alemán y sus gustos filosóficos y musicales eran europeos. Pero quizá había motivos para una identificación más profunda. Mi mamá, de niña, había enfrentado la discriminación racial-religiosa por ser hija de norirlandesa anglicana, y mi abuelo materno, mexicano de nacimiento, había enfrentado la discriminación al tener que emigrar a los EUA desde niño.
En resumen mis dos abuelos maternos eran emigrados. Por el lado de mi padre, los Roel habían sido liberales anti-clericales y también habían sufrido de discriminación y persecución política.En mi casa se valoraba la inteligencia, el trabajo, el pragmatismo, el estudio, la libertad de criterio y la valentía de luchar por los ideales de la humanidad entera. Alguna vez quise ser católico y mis padres lo aceptaron; alguna vez no quise ser católico y mis padres lo aceptaron. Éramos alérgicos a la discriminación y anti-clericales. Y aunque mis padres se sentían orgullosamente mexicanos- mi madre incluso desechó su derecho a la nacionalidad inglesa- su identidad no era plenamente mexicana, eran más bien ciudadanos del mundo, cuando menos del mundo europeo. Mis padres tenían más amigos extranjeros que mexicanos: refugiados españoles, matrimonios griegos y suizos, norteamericanos académicos o políticos, ingleses, daneses, sudamericanos, alemanes regios y por el mundo psi de mi madre, muchos judíos liberales psicoanalistas sumamente interesantes.En Monterrey había estudiado en el Colegio Americano donde el 50% de mis compañeros eran norteamericanos. Algunos de ellos eran alemanes aunque no hacían mucho alarde de su nacionalidad porque sufrían de discriminación por el tema de los nazis, incluso ahora me entero, ni siquiera intentaron aprender el alemán en su casa. En Monterrey también hay una cada vez más pequeña comunidad judía, pero por ser muy religiosa y auto-segregarse en ciertos barrios y escuelas, no tuve oportunidad de conocerla hasta de mi madurez. Monterrey fue fundado por sefardíes conversos o cuasi-conversos así es que mucho de la cultura judía antigua aun reside en las tradiciones regionales y es motivo de orgullo para los nuevoleoneses: trabajo, inteligencia comercial, ahorro, sencillez, libertad, desconfianza a lo no-regio, religiosidad y defensa de tradiciones. Alguna vez, mi padre, siendo Secretario de Relaciones Exteriores e historiador, comentó eso con Moshé Dayán, y éste, ni tardo ni perezoso le exigió “pues entonces, hay que defender al Estado de Israel”. No, no tanto Moshé.
En Monterrey también hay una gran comunidad palestino-libanesa que emigró en la primera mitad del siglo 20 y que ha enriquecido tremendamente a la comunidad de Nuevo León con su capacidad industrial, comercial e intelectual. Son amables, trabajadores, serviciales y muy sociables. Antes eran excluidos y discriminados por esa élite que alguna vez dominó a la sociedad regia, pero afortunadamente a mi no me tocó eso, no de cerca. Los matrimonios entre regios y palestino-libaneses son muy comunes y la comida árabe es parte del menú local.
¿Cuál es mi nacionalidad? No se. Si me voy a lo genético, tengo sangre mediterránea, vikinga, americana, celta y hasta neandertal. Más atrás soy Africano, como todos. Exploré caminos anti-religiosos y religiosos en mi niñez y adolescencia por igual y me quedé con la espiritualidad experimental: inodora, incolora e insípida, pero propia, directa, incluyente y liberadora.
De hecho, me molestan las nacionalidades exacerbadas y los fetiches a las banderas o los himnos. No sólo respeto las diferencias, me intrigan y me llaman. No tengo necesidad de auto-definirme como mexicano a pesar de ser el país- que por nacimiento y por elección- me gusta para vivir. Entiendo que la nacionalidad como decía mi padre es aroma, gusto, comida y costumbre, y que lo demás es una abstracción jurídico-política de creación reciente que me exige portar un pasaporte y no en pocas ocasiones, sufrir por los estereotipos y los prejuicios. Las guerras de la antigüedad eran para defender la casa y la familia; las guerras nacionales del siglo XIX y XX, como las guerras religiosas post-renacentistas, son injustas, absurdas y sin sentido. Ninguna guerra es buena pero morir por ideales abstractos o manipulaciones oscuras es francamente absurdo, y el usar la nacionalidad o la religión para controlar a otros y generar violencia es más que trágico.
Sin embargo, la discriminación y la incomprensión puede ser más dinámica como el pensar diferente y yo, por alguna razón, siempre he sido diferente, tan diferente que no siempre me he sentido de este planeta. De hecho, creo que gran parte de mi cuestionamiento existencial siempre ha sido ¿Qué estoy haciendo aquí si esta no es mi casa?
Mi sentir y pensar lo dejo libre o por lo menos, hago un gran intento por auto-observarlo y liberarlo de mitos, dogmas y prejuicios. Soy científico hasta que los dogmas de la ciencia empiezan a pre-juiciar y a limitar; soy racional hasta que el racionalismo impide otras formas de entendimiento; soy tolerante de la diversidad hasta que la diversidad ajena quiere apabullar mi diversidad propia; soy espiritual hasta que la espiritualidad pretende llevarme al culto y la adoración o niega mi racionalidad; soy mexicano hasta que el mexicanismo implica el fetichismo y la exclusión, o peor aun, la vulgaridad; soy revolucionario hasta que el cambio quiere llevarme a la violencia; soy humano hasta que el humanismo implica violentar a otros o a otras especies.
Mi nacionalidad quizá como otras, se define por las fronteras y mis fronteras son todo aquello que me niega la posibilidad de entender, de ser y de integrar- de integrarme con el resto de la humanidad, del planeta y del Universo. Ahí me detengo, ahí reculo, ahí me excluyo de la exclusión.
Pero no me quedó ahí, mi nacionalidad me exige hablar y opinar con libertad. No soy judío pero defiendo el derecho de los judíos a vivir en paz y libertad; no soy palestino pero defiendo el derecho de los palestinos a vivir en paz y libertad. De hecho, creo que ambos pueblos podrían quitarse el ropaje nacionalista, religioso o territorial y ponerse uno más universal, pero entiendo que no puedan hacerlo de acuerdo a su actual nivel de conciencia.
He expresado mi opinión en contra de la violencia entre ambos pueblos. Probablemente me quedaré con menos amigos palestinos o judíos. Pero esa frontera, la de la violencia, es una que jamás volveré a cruzar, ya lo he hecho en demasiadas ocasiones en esta y otras vidas como para no haber aprendido la lección. Ya he sido demasiado violento y esa nacionalidad, esa bandera y ese himno no me gustan, no son míos, ni para mi.