REFORMAS ESTRUCTURALES Y RESTRUCTURACION ECONOMICA EN MEXICO

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Javier Orozco Alvarado
E-Mail: orozcoalvaradoj@yahoo.com.mx
 
 
 
La restructuración económica en México comenzó hace casi treinta años, aunque las principales reformas estructurales se impulsaron en la década de los años de mil novecientos noventa, bajo la administración de Carlos Salinas de Gortari.  Si bien se han hecho muchos esfuerzos y se han instrumentado muchas políticas públicas para mejorar las condiciones de vida de los mexicanos, pareciera que, o no han salido bien las cosas, o no era lo que realmente se buscaba.
 
Los pobres resultados de la economía mexicana en los últimos años, a pesar de más de tres décadas de reformas estructurales, se reflejan en los bajos ritmos de crecimiento económico, en el aumento de la pobreza,  el desempleo, la falta de oportunidades, el deterioro social, salarial, etc. etc. Pareciera que no sirvieron de nada ni el ingreso de México al GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio) en 1986 ni el Acuerdo de Libre Comercio con América del Norte en 1994.  Es más, ni la privatización de TELMEX, de Ferrocarriles Nacionales de México o la privatización de la tierra con las Reforma al artículo 27 Constitucional, hace dos décadas, han favorecido el desarrollo económico nacional.
 
Hoy por hoy, somos la economía más abierta del mundo, somos la economía con más acuerdos comerciales internacionales, pero la que más depende del  comercio con los Estados Unidos, cuyo volumen de exportaciones e importaciones representan alrededor del 80 por ciento.  Por eso, muchos economistas y no economistas no logramos entender el por qué y para qué seguimos cosechando más y más acuerdos comerciales o el para qué tantas reformas.
 
Primeramente, hay que entender que  los acuerdos recientemente ratificados, como el de la Alianza del Pacífico (Chile, Colombia, México y Perú) en febrero, o el de Acuerdo México- Panamá, que recién entró en vigor el pasado 3 de abril; son acuerdos que se venían negociando desde hace más de una década, pero que aún no sabemos si beneficiarán a la economía mexicana, a sus sectores tradicionales, o si beneficiarán a las empresas norteamericanas establecidas en nuestro país.
 
Para nadie es desconocido que México inició su proceso de reconconversión económica desde mediados de los años de 1980, al pasar de ser una “economía de manufacturas” a una  “economía de maquiladoras”; desde entonces, nos hemos convertido predominantemente en una plataforma de exportaciones e importaciones de partes y componentes de empresas transnacionales norteamericanas. Nuestro comercio internacional se ha dado más sobre la base de un comercio de carácter intraindustial que  intersectorial, lo que ha provocado un estancamiento de  sectores como la agricultura y la industria de bienes finales.
 
Desafortunadamente, ni todas esas reformas ni todos esos acuerdos han servido para mejorar  las condiciones económicas y sociales de todos los mexicanos; pues si comparamos los niveles de Ingreso per-cápita de los mexicanos con los ingresos de otras economías del continente o con quienes son  nuestros socios principales, nuestras diferencias son abismales. Pues mientras el ingreso per-cápita de un estadounidense es de 54,609 dólares promedio anual, en México es de 15,931  dólares; simplemente, comparados nuestros ingresos con otros países del orbe, como Chile (20,313 dólares) o Argentina  (19,189), nos podemos dar cuenta que los países que más se han beneficiado de nuestra apertura comercial han sido nuestros vecinos del norte, incluido Canadá, que también muestra un ingreso promedio anual de 44,337 dólares per-cápita.
 
Por todo lo anterior, cabe reflexionar si será serán necesarios tantos acuerdos comerciales y tantas reformas estructurales, si al final de cuentas, después de treinta años los mexicanos estamos igual o peor que cuando empezamos.
 
Sin duda, por todos lados se percibe en el país un gran  escepticismo y un enorme descontento, no sólo porque la gente ha visto pocos resultados (por eso va de un color a otro), sino porque muchas de las reformas estructurales aun en marcha siguen causando estragos en los bolsillos, en los ingresos y en las expectativas de los trabajadores y las economías domésticas.
 
En fin, sólo cabe esperar que los nuevos acuerdos comerciales y las nuevas reformas estructurales como la energética, la de competencia, la de telecomunicaciones, la hacendaria, la financiera,  la política, etc, etc. no vengan a sumarse en el largo plazo a todos aquellos (y aquellas) que ya han causado grandes estragos a la economía nacional y que en los próximos veinte o treinta años sigamos sin encontrar la ruta de la prosperidad, el camino de la tierra prometida o el tan soñado primer mundo. Esperemos que los resultados comiencen a verse pronto porque, como bien lo decía el gran Keynes, “en el largo plazo todos estaremos muertos”.
 
 
10 de abril de 2014